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Cooperativa Cauqueva: herencia ancestral

En el corazón de la Quebrada de Humahuaca, la cooperativa Cauqueva continúa el legado de los pueblos originarios del noroeste argentino revalorizando sus cultivos tradicionales.

El origen del cooperativismo se estableció históricamente en 1844, cuando un grupo de obreros creó el primer almacén cooperativo en la ciudad inglesa de Rochdale. Sin embargo, en tiempos prehispánicos las experiencias de los antiguos pobladores del noroeste argentino revelan prácticas comunitarias similares a las nacidas en Inglaterra. La minga, una forma de ayuda mutua entre las familias y las comunidades, era habitual antes de que llegaran los españoles. Hombres y mujeres trabajaban juntos construyendo casas, sembrando y cosechando. La solidaridad era la clave de estas acciones. Cientos de años después, ese fue el espíritu que inspiró a un grupo de agricultores a crear la Cooperativa Agropecuaria y Artesanal Unión Quebrada y Valles (Cauqueva), una organización autogestiva integrada por 150 pequeños productores de la Quebrada de Humahuaca, en la provincia de Jujuy. «El objetivo principal de la cooperativa es elevar el nivel de vida de sus asociados y potenciar los cultivos tradicionales de la Puna», explica el ingeniero agrónomo Javier Rodríguez, asesor técnico del emprendimiento.

Cauqueva se constituyó el 16 de enero de 1996. «En aquel momento la Quebrada de Humahuaca tenía problemas para la venta de sus productos porque el intermediario fijaba sus precios; los productores no ganábamos nada, ellos se llevaban todo», recuerda Salomón Zerpa, agricultor, fundador y actual presidente de Cauqueva. «Empezamos a hacer reuniones en una agencia del INTA que estaba investigando esta problemática que afectaba a la Quebrada y decidimos armar una cooperativa agropecuaria para defender y comercializar mejor nuestra producción», añade.

Zerpa también se refiere a la ruda faena de preparar la tierra para el cultivo en medio de las estribaciones montañosas y el clima extremadamente seco. Maimará –que en lengua aymara significa “el otro año”– es un pequeño poblado ubicado a 2.383 metros sobre el nivel del mar. «Más allá de ser un suelo pedregoso, es muy generoso y productivo, porque se puede sembrar maíz y papa de diferentes variedades, y quinoa, que son los cultivos originarios de la Puna, y también se puede plantar frutas y hortalizas», comenta el agricultor.

A mediados de la década del 70, se introdujo en la zona la horticultura. A principios de los 90, el tren dejó de pasar, la industria minera entró en crisis y la zafra de la caña de azúcar se mecanizó, entonces la siembra de frutas y verduras se convirtió en la única fuente de trabajo que prosperaba. «Pero al masificarse la producción los horticultores encontraron dificultades para comercializar sus artículos», comenta el ingeniero agrónomo.

La combinación de la altura, el clima y los saberes milenarios de sus pobladores originarios son los que le imprimen a los productos agrícolas de la zona características distintivas en cuanto a sabor, aroma y color. «Por ello, son cada vez más valorados no sólo por la gastronomía jujeña sino también por reconocidos cocineros y restaurantes del país a los que les interesa ofrecer platos elaborados con productos desarrollados naturalmente a través de culturas ancestrales, y de rico tenor nutritivo», dice Rodríguez.

La siembra en Maimará es de baja escala porque los pequeños productores cuentan con quintas de no más de 3 hectáreas, que se parcelan para diversos cultivos. «La mayoría siembra maíz morado zea mays, que es el más requerido. También se recuperaron antiguas variedades de papa», destaca el ingeniero.

El proceso comienza en las quintas, luego la cooperativa se ocupa del acopio, la limpieza y el empaque. En el maíz, Cauqueva agregó valor a su producción. «Clasificamos los granos según la variedad, lo molemos y hacemos cuatro variedades de harina. Con las más finas hacemos fideos», explica Martín Cruz, profesor de biología y asociado de la cooperativa, mientras muestra fideos violáceos que se producen con maíz morado. «Si tenemos un pedido grande de fideos, trabajan todos aunque diariamente se ocupen de otra cosa», agrega Julia Suárez, coordinadora deccomercialización. Según Elba Zambrano, encargada de los diferentes procesos de la papa, trabajar en la cooperativa genera responsabilidad pero tiene muchas ventajas. «Si bien tengo que cumplir con la producción, a veces trabajo más y otras menos, de acuerdo a las necesidades», dice la mujer, quien reparte su tiempo entre el trabajo en la planta y el cuidado de sus tres hijas.

Abierta al intercambio con otras organizaciones, Cauqueva está vinculada con el Banco Credicoop e integra la Federación de Organizaciones de Productores de Alimentos (FOPAL), una entidad nacional que busca fortalecer la capacidad comercial de sus miembros en todos los eslabones de la cadena productiva. Hasta el momento la cooperativa jujeña coloca sus productos principalmente en mercados solidarios de Buenos Aires y Tucumán. Recientemente abrió una nueva sede en Tumbaya, donde hay 4 locales de venta y un galpón, lugar proyectado para trasladar la molienda.

En los primeros años, Cauqueva trabajó en aspectos formativos y de alfabetización, dado que, como ocurre en asentamientos de pueblos originarios, la mayoría de sus habitantes no han tenido acceso a la educación formal. Luego avanzó en la capacitación productiva y de gestión cooperativa, instaló un museo y un restaurante. «Cauqueva –concluye Javier Rodríguez– busca el autosostenimiento de la estructura de la cooperativa, de manera tal de obtener mejores resultados en las ventas y lograr un mayor ingreso para los asociados».

Fuente: www.accion.coop

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